
Planificar lo que habrá en los platos dentro de veinticinco años suena a ciencia ficción, pero es justo el trabajo que hizo el proyecto FoSTA-Health. Un equipo coordinado desde los Países Bajos recorrió Malaui, Sudáfrica, Tanzania y Zambia para averiguar cómo se transforma un sistema alimentario entero: el suelo, los animales, el comercio, la salud de la gente y las decisiones políticas que lo sostienen todo — y al final puedes comprobar si tú piensas en sistemas o en asuntos sueltos.
Cuando se habla de alimentación, casi siempre se piensa en el campo: sembrar, regar, recoger. El proyecto FoSTA-Health, financiado por el programa Horizonte Europa, parte de una idea distinta. Un sistema alimentario empieza en el suelo, pasa por la salud de los animales, sigue por los mercados y el comercio, y termina en la mesa y en la consulta del médico.
Cambiar una pieza mueve todas las demás, y por eso ninguna reforma agrícola aislada resuelve gran cosa. Esa forma de mirar obliga a sentar en la misma sala a agrónomos, veterinarios, economistas y responsables políticos. Es incómodo, pero es el punto de partida.
El equipo trabajó en Malaui, Sudáfrica, Tanzania y Zambia. Son cuatro realidades distintas, con climas, mercados y políticas agrarias propias, pero comparten las mismas presiones: crecimiento demográfico, urbanización acelerada, cambio climático, degradación del medio ambiente y desigualdades económicas que deciden quién come bien y quién no.
La coordinación corrió a cargo de Wageningen University & Research, en los Países Bajos, con Luuk Fleskens al frente. El proyecto se desarrolla entre el 1 de octubre de 2022 y el 31 de marzo de 2026, con el acuerdo de subvención número 101060887 y un presupuesto de 4 117 592,75 EUR aportados íntegramente por la Unión Europea.
El hilo conductor del trabajo es el enfoque «Una sola salud»: la salud de las personas, la de los animales, la de las plantas y la del entorno no son cuatro temas separados, sino uno solo visto desde cuatro ángulos. Un plaguicida mal gestionado no es solo un asunto agrícola, y una enfermedad del ganado no es solo un asunto veterinario.
Fleskens lo resume así: «La transformación sostenible de los sistemas alimentarios requiere reconocer la complejidad y la interconexión entre la salud humana, animal, vegetal y ambiental». Según el proyecto, esa mirada no se había aplicado antes a la transformación de los sistemas alimentarios en esta región.
La parte más llamativa del trabajo son las vías representativas de transformación, las RTP: cuatro rutas posibles que esos países podrían recorrer de aquí a 2050. No son predicciones, sino versiones coherentes del futuro que permiten comparar consecuencias antes de decidir nada:
Ninguna de las cuatro rutas sale gratis. Apostar por el mercado puede dejar fuera a los productores pequeños; apostar por la comunidad puede frenar la inversión. El coordinador lo dice sin rodeos: «Aunque cada RTP ofrece beneficios potenciales distintos, también conllevan riesgos que deben gestionarse para garantizar que la transformación del sistema alimentario genere resultados positivos del enfoque “Una sola salud”».
Esa frase describe bastante bien en qué consiste investigar aquí: no en encontrar la opción perfecta, sino en saber qué se paga en cada una de ellas.
Del proyecto salieron documentos de orientación política, entre ellos uno sobre cómo integrar el enfoque «Una sola salud» en las inversiones agrícolas nacionales de Zambia y otro sobre la participación de las mujeres en las exportaciones agrícolas. También un manual de metodologías de investigación participativa, una herramienta interactiva de cartografía de sistemas alimentarios y un sistema integrado de modelización alimentaria, iFEED.
Y hay una parte que no cabe en ningún informe: los módulos de formación para agricultores de Malaui y Zambia sobre cultivos intercalados, gestión del suelo, uso de plaguicidas, certificación GLOBALG.A.P. y normas de calidad alimentaria, con folletos repartidos en oficinas de distrito y centros de demostración.
FoSTA-Health es un buen ejemplo de un trabajo que no cabe en una sola facultad. Aquí se cruzan la agronomía, la veterinaria, la salud pública, la economía y la investigación social, y ninguna de esas piezas basta por su cuenta.
También cambia la idea de qué es el trabajo de campo. Hablar con un agricultor no es un gesto de cortesía previo al análisis serio: es un método de recogida de datos que ninguna base estadística sustituye. El propio proyecto describe su método como una mezcla de trabajo transdisciplinario con responsables políticos y de experiencias vividas sobre el terreno, integradas en todos los sectores y niveles de decisión.
FoSTA-Health no terminó con un resultado de laboratorio, sino con cuatro futuros posibles para cuatro países, un manual, una herramienta de cartografía y unos folletos en oficinas de distrito. Su conclusión más útil es quizá la más sencilla: en un sistema alimentario nada se mueve solo, y cualquier plan que ignore esa regla acaba pagándola en otro sitio.
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